martes, 30 de junio de 2015

UN MEDICO RURAL

FRANZ KAFKA

Estaba muy preocupado; debía emprender un viaje urgente; un enfermo de gravedad me estaba esperando en un pueblo a diez millas de distancia; una violenta tempestad de nieve azotaba el vasto espacio que nos separaba; yo tenía un coche, un cochecito ligero, de grandes ruedas, exactamente apropiado para correr por nuestros caminos; envuelto en el abrigo de pieles, con mi maletín en la mano, esperaba en el patio, listo para marchar; pero faltaba el caballo... El mío se había muerto la noche anterior, agotado por las fatigas de ese invierno helado; mientras tanto, mi criada corría por el pueblo, en busca de un caballo prestado; pero estaba condenada al fracaso, yo lo sabía, y a pesar de eso continuaba allí inútilmente, cada vez más envarado, bajo la nieve que me cubría con su pesado manto. En la puerta apareció la muchacha, sola y agitó la lámpara; naturalmente, ¿quién habría prestado su caballo para semejante viaje? Atravesé el patio, no hallaba ninguna solución; distraído y desesperado a la vez, golpeé con el pie la ruinosa puerta de la pocilga, deshabitada desde hacía años. La puerta se abrió, y siguió oscilando sobre sus bisagras. de la pocilga salió una vaharanda como de establo, un olor a caballos. Una polvorienta linterna colgaba de una cuerda.
Un individuo, acurrucado en el tabique bajo, mostró su rostro claro, de ojitos azules.
--¿Los engancho al coche? --preguntó, acercándose a cuatro patas.
No supe qué decirle, y me agaché para ver qué había dentro de la pocilga. La criada estaba a mi lado.
--Uno nunca sabe lo que puede encontrar en su propia casa --dijo ésta. Y ambos nos echamos a reír.
--¡Hola, hermano, hola, hermana! --gritó el palafrenero, y dos caballos, dos magníficas bestias de vigorosos flancos, con las piernas dobladas y apretadas contra el cuerpo, las perfectas cabezas agachadas, como las de los camellos, se abrieron paso una tras otra por el hueco de la puerta, que llenaban por completo. Pero una vez afuera se irguieron sobre sus largas patas, despidiendo un espeso vapor.
--Ayúdalo --dije a la criada, y ella, dócil, alargó los arreos al caballerizo. Pero apenas llegó a su lado, el hombre la abrazó y acercó su rostro al rostro de la joven. Esta gritó, y huyó hacia mí; sobre sus mejillas se veían, rojas, las marcas de dos hileras de dientes.
--¡Salvaje! --dije al caballerizo--. ¿Quieres que te azote?
Pero luego pensé que se trataba de un desconocido, que yo ignoraba de dónde venía y que me ofrecía ayuda cuando todos me habían fallado. Como si hubiera adivinado mis pensamientos, no se mostró ofendido por mi amenaza y, siempre atareado con los caballos, sólo se volvió una vez hacia mí.
--Suba --me dijo, y, en efecto, todo estaba preparado.
Advierto entonces que nunca viajé con tan hermoso tronco de caballos, y subo alegremente.
--Yo conduciré, pues tu no conoces el camino --dije.
--Naturalmente --replica--, yo no voy con usted: me quedo con Rosa.
--¡No! --grita Rosa, y huye hacia la casa, presintiendo su inevitable destino; aún oigo el ruido de la cadena de la puerta, al correr en el cerrojo; oigo girar la llave en la cerradura; veo además que Rosa apaga todas las luces del vestíbulo y, siempre huyendo, las de las habitaciones restantes, para que no puedan encontrarla.
--Tu vendrás conmigo --digo al mozo--; si no es así, desisto del viaje, por urgente que sea. No tengo intención de dejarte a la muchacha como pago del viaje.
--¡Arre! --grita él; y da una palmada; el coche parte, arrastrado como un leño en el torrente; oigo crujir la puerta de mi casa, que cae hecha pedazos bajo los golpes del mozo; luego mis ojos y mis oídos se hunden en el remolino de la tormenta que confunde todos mis sentidos. Pero esto dura sólo un instante; se diría que frente a mi puerta que encontrara la puerta de la casa de mi paciente; ya estoy allí; los caballos se detienen; la nieve ha dejado de caer; claro de luna en torno; los padres de mi paciente salen ansiosos de la casa, seguidos de la hermana; casi me arrancan del coche; no entiendo nada de su confuso parloteo; en el cuarto del enfermo el aire es casi irrespirable, la estufa humea, abandonada; quiero abrir la ventana, pero antes voy a ver al enfermo. Delgado, sin fiebre, ni caliente ni frío, con ojos inexpresivos, sin camisa, el joven se yergue bajo el edredón de plumas, se abraza a mi cuello y me susurra al oído:
--Doctor, déjeme morir.
Miro en torno; nadie lo ha oído; los padres callan, inclinados hacia adelante, esperando mi sentencia; la hermana me ha acercado una silla para que coloque mi maletín de mano. Lo abro, y busco entre mis instrumentos; el joven sigue alargándome sus manos, para recordarme su súplica; tomo un par de pinzas, las examino a la luz de la bujía y las deposito nuevamente.
--Si --pienso indignado--; en estos casos los dioses nos ayudan, nos mandan el caballo que necesitamos y, dada nuestra prisa, nos agregan otro. Además, nos envían un caballerizo...
En aquel preciso instante me acuerdo de Rosa. ¿Qué hacer? ¿Cómo salvarla? ¿Cómo rescatar su cuerpo del peso de aquel hombre, a diez millas de distancia, con un par de caballos imposibles de manejar? Esos caballos que no sé cómo se han desatado de las riendas, que se abren paso ignoro cómo; que asoman la cabeza por la ventana y contemplan al enfermo, sin dejarse impresionar por las voces de la familia.
--Regresaré en seguida --me digo como si los caballos me invitaran al viaje. Sin embargo, permito que la hermana, que me cree aturdido por el calor, me quite el abrigo de pieles. Me sirven una copa de ron; el anciano me palmea amistosamente el hombro, porque el ofrecimiento de su tesoro justifica ya esta familiaridad. Meneo la cabeza; estallaré dentro del estrecho círculo de mis pensamientos; por eso me niego a beber. La madre permanece junto al lecho y me invita a acercarme; la obedezco, y mientras un caballo relincha estridentemente hacia el techo, apoyo la cabeza sobre el pecho del joven, que se estremece bajo mi barba mojada. Se confirma lo que ya sabía: el joven está sano, quizá un poco anémico, quizá saturado de café, que su solícita madre le sirve, pero está sano; lo mejor sería sacarlo de un tirón de la cama. No soy ningún reformador del mundo, y lo dejo donde está. Soy un vulgar médico del distrito que cumple con su deber hasta donde puede, hasta un punto que ya es una exageración. Mal pagado, soy, sin embargo, generoso con los pobres. Es necesario que me ocupe de Rosa; al fin y al cabo el joven es posible que tenga razón, y yo también pido que me dejen morir. ¿Qué hago aquí, en este interminable invierno? Mi caballo se ha muerto y no hay nadie en el pueblo que me preste el suyo. Me veré obligado a arrojar mi carruaje en la pocilga; si por casualidad no hubiese encontrado esos caballos, habría tenido que recurrir a los cerdos. Esta es mi situación. Saludo a la familia con un movimiento de cabeza. Ellos no saben nada de todo esto, y si lo supieran, no lo creerían. Es fácil escribir recetas, pero en cambio, es un trabajo difícil entenderse con la gente. Ahora bien, acudí junto al enfermo; una vez más me han molestado inútilmente; estoy acostumbrado a ello; con esa campanilla nocturna, todo el distrito me molesta, pero que además tenga que sacrificar a Rosa, esa hermosa muchacha que durante años vivió en mi casa sin que yo me diera cuenta cabal de su presencia... Este sacrificio es excesivo, y tengo que encontrarle alguna solución, cualquier cosa, para no dejarme arrastrar por esta familia que, a pesar de su buena voluntad, no podrían devolverme a Rosa. Pero he aquí que mientras cierro el maletín de mano y hago una señal para que me traigan mi abrigo, la familia se agrupa, el padre olfatea la copa de ron que tiene en la mano, la madre, evidentemente decepcionada conmigo --¿qué espera, pues, la gente?-- se muerde, llorosa, los labios, y la hermana agita un pañuelo lleno de sangre; me siento dispuesto a creer, bajo ciertas condiciones, que el joven quizá está enfermo. Me acerco a él, que me sonríe como si le trajera un cordial... ¡Ah! Ahora los dos caballos relinchan a la vez; ese estrépito ha sido seguramente dispuesto para facilitar mi auscultación; y esta vez descubro que el joven está enfermo. El costado derecho, cerca de la cadera, tiene una herida grande como un platillo, rosada, con muchos matices, oscura en el fondo, más clara en los bordes, suave al tacto, con coágulos irregulares de sangre, abierta como una mina al aire libre. Así es como se ve a cierta distancia. De cerca, aparece peor. ¿Quién puede contemplar una cosa así sin que se le escape un silbido? Los gusanos, largos y gordos como mi dedo meñique, rosados y manchados de sangre, se mueven en el fondo de la herida, la puntean con su cabecitas blancas y sus numerosas patitas. Pobre muchacho, nada se puede hacer por ti. He descubierto tu gran herida; esa flor abierta en tu costado te mata. La familia está contenta, me ve trabajar; la hermana se lo dice a la madre, ésta al padre, el padre a algunas visitas que entran por la puerta abierta, de puntillas, a través del claro de luna.
--¿Me salvarás? --murmura entre sollozos el joven, deslumbrado por la vista de su herida.
Así es la gente de mi comarca. Siempre esperan que el médico haga lo imposible. Han perdido la antigua fe; el cura se queda en su casa y desgarra sus ornamentos sacerdotales uno tras otro; en cambio, el médico tiene que hacerlo todo, suponen ellos, con sus pobres dedos de cirujano. ¡Como quieran! Yo no les pedí que me llamaran; si pretenden servirse de mí para un designio sagrado, no me negaré a ello. ¿Qué cosa mejor puedo pedir yo, un pobre médico rural, despojado de su criada?
Y he aquí que empiezan a llegar los parientes y todos los ancianos del pueblo, y me desvisten; un coro de escolares, con el maestro a la cabeza canta junto a la casa una tonada infantil con estas palabras:
"Desvístanlo, para que cure,
y si no cura, mátenlo.
Sólo es un médico, sólo es un médico..."
Mírenme: ya estoy desvestido, y, mesándome la barba y cabizbajo, miro al pueblo tranquilamente. Tengo un gran dominio sobre mí mismo; me siento superior a todos y aguanto, aunque no me sirve de nada, porque ahora me toman por la cabeza y los pies y me llevan a la cama del enfermo. me colocan junto a la pared, al lado de la herida. Luego salen todos del aposento; cierran la puerta, el canto cesa; las nubes cubren la luna; las mantas me calientan, las sombras de las cabezas de los caballos oscilan en el vano de las ventanas.
--¿Sabes --me dice una voz al oído-- que no tengo mucha confianza en ti? No importa como hayas llegado hasta aquí; no te han llevado tus pies. En vez de ayudarme, me escatimas mi lecho de muerte. No sabes cómo me gustaría arrancarte los ojos.
--En verdad --dije yo--, es una vergüenza. Pero soy médico. ¿Qué quieres que haga? Te aseguro que mi papel nada tiene de fácil.
--¿He de darme por satisfecho con esa excusa? Supongo que si. Siempre debo conformarme. Vine al mundo con una hermosa herida. Es lo único que poseo.
--Joven amigo --digo--, tu error estriba en tu falta de empuje. Yo, que conozco todos los cuartos de los enfermos del distrito, te aseguro: tu herida no es muy terrible. Fue hecha con dos golpes de hacha, en ángulo agudo. Son muchos los que ofrecen sus flancos, y ni siquiera oyen el ruido del hacha en el bosque. Pero menos aún sienten que el hacha se les acerca.
--¿Es de veras así, o te aprovechas de mi fiebre para engañarme?
--Es cierto, palabra de honor de un médico juramentado. Puedes llevártela al otro mundo.
Aceptó mi palabra, y guardó silencio. Pero ya era hora de pensar en mi libertad. Los caballos seguían en el mismo lugar. Recogí rápidamente mis vestidos, mi abrigo de pieles y mi maletín; no podía perder el tiempo en vestirme; si los caballos corrían tanto como en el viaje de ida, saltaría de esta cama a la mía. Dócilmente, uno de los caballos se apartó de la ventana; arrojé el lío en el coche; el abrigo cayó fuera, y sólo quedó retenido por una manga en un gancho. Ya era bastante. Monté de un salto a un caballo; las riendas iban sueltas, las bestias, casi desuncidas, el coche corría al azar y mi abrigo de pieles se arrastraba por la nieve.
--¡De prisa! --grité--. Pero íbamos despacio, como viajeros, por aquel desierto de nieve, y mientras tanto, el nuevo el canto de los escolares, el canto de los muchachos que se mofaban de mí, se dejó oír durante un buen rato detrás de nosotros:
"Alégrense, enfermos,
tienen al médico en su propia cama."
A ese paso nunca llegaría a mi casa; mi clientela está perdida; un sucesor ocupará mi cargo, pero sin provecho, porque no puede reemplazarme; en mi casa cunde el repugnante furor del caballerizo; Rosa es su víctima; no quiero pensar en ello. Desnudo, medio muerto de frío y a mi edad, con un coche terrenal y dos caballos sobrenaturales, voy rodando por los caminos. Mi abrigo cuelga detrás del coche, pero no puedo alcanzarlo, y ninguno de esos enfermos sinvergüenzas levantará un dedo para ayudarme. ¡Se han burlado de mí! Basta acudir una vez a un falso llamado de la campanilla nocturna para que lo irreparable se produzca.




MY ROAD de Luczywo, fotografías.







MY ROAD fotografías de Sebastian Luczywo.
Peopel Art Galery

sábado, 27 de junio de 2015

Volando con Rosa Khamitova






Rosa Khamitova es una artista originaría de Kazajistán,
diseña bufandas ilustrándolas con plumaje de aves.
Arte Peopel Galery

viernes, 26 de junio de 2015

LLOSA Y EL SEXO

Guillermo Rothschuh Villanueva*

Todavía no conozco ningún estudio sobre la material en que Mario Vargas Llosa aborda el sexo en su arte narrativo. Es probable que exista debido a que constituye una de sus constantes más relevantes. Un devoto de sus obras jamás podría pasar desapercibida la forma en que aborda la sexualidad. El sexo practicado en forma sosegada, no llama su atención, ni encuentra cabida en sus páginas. Vargas Llosa polariza, sabe que la gratificación sexual se encuentra en la zona oscura, esa que pocos se atreven a revelar. En ese territorio nada con desparpajo. Con inigualable maestría saca ventaja, creando personajes que constituyen verdaderos desafíos para moralistas insulsos. El peruano otorga al sexo la verdadera preeminencia que adquiere en la vida cotidiana. Muchas de sus prácticas no deberían escandalizar a los mortales.

Entre los novelistas latinoamericanos de su generación, ninguno ha dispersado un sitial espacial al sexo, por muy empecinados machucantes que hayan sido. Ni el mismo Vargas Llosa escapa a estos desafueros embraguetados. Para no generar sospechas en La tía Julia y el escribidor, convierte en novelable parte de su vida. En su juventud, se decidió primero por una tía política. Luego, para sellar sus arrebatos, desposó con Patria Llosa, su prima del alma. Un novelista que asume la temeridad de fabular de sus años juveniles, entregado en los brazos de una mujer adulta, resuelta como él a vivir y entregarse con una pasión reprobada por ciertas almas puras, demuestra que no tiene reparos para airear el sexo en todas sus manifestaciones, por muy delicado que parezca. Vargas Llosa sabe que el sexo sigue siendo la piedra del escándalo. Más escandaloso aún, tener la osadía de asumirlo con la mayor naturalidad, en cada uno de sus mayores logros creativos. En esto se distancia de sus compañeros del boom, adquiriendo un tinte especialísimo.

Los cachorros inaugura esta pasión desbordante. Se asoma al sexo de forma peculiar. Pichula Cuellar su primer vástago. Un niño emasculado que adquirió conciencia demasiado pronto, que no tendría ninguna relación picante con sus demás compañeros de colegio. Esta es la primera versión de las preferencias e inclinaciones de Mario Vargas Llosa. En su obra primigenia se exhibe la manera en que abordará el sexo. Sentirá especial predilección por lo anómalo y desafiante. Torturará a los infieles. No cederá ni un palmo, inundará su universo con historias y personajes fascinantes. En un encadenamiento sin fin, creará una galería de personajes inolvidables chapaleando el sexo con frenesí delirante. Ondeará la bandera de la concupiscencia. Se convertirá en un sexista para muchos y para otro en un erotómano aventajado. Ustedes tracen las fronteras.

Una de las peculiaridades más notable, una de las vetas inagotables de la creatividad profusa de Mario Vargas Llosa, considera en asumir el sexo con todas sus variantes. En Elogio de la madrastra, sentirá especial devoción por le triángulo amoroso. No es un triángulo cualquiera. Es uno conformado por el hijastro (Fonchito), la madrastra (Lucrecia) y el padrastro (Rigoberto), nada más que Foncín roza todavía la niñez. Todo niño precoz intelectualmente, me enseñó Freud en La sexualidad infantil, hasta donde tuve que viajar cuando leí por primera vez esta novela, hasta donde tuve que viajar cuando leí por primera vez esta novela, que valió a Vargas Llosa el mote de diablo, también es precoz sexualmente. En una edad saturada de inocencia, Vargas Llosa crea a un angelito perverso. En Los cuadernos de Don Rigoberto, fantaseará a sus anchas. Anchito proseguirá por los caminos tormentosos y el deseo irreprimible de doña Lucrecia, pese a estar advertida sucumbe en sus brazos. Conversaciones en la catedral muestra la otra cara de la luna: el voyerismo enfermizo de Cayo Mierda, el poderoso miembro de Odría, que gozaba más viendo como la Queta lamía a la Musa por todos sus rincones, mostrándose ajeno a cualquier tipo de goce.

En Travesuras de la niña mala, la novela conmemorativa de sus setenta años, aparece una escena similar. El japonés Fakuda sólo se enciende viendo a la niña mala en un éxtasis fingido con Ricardito Somocurcio, el infanticida. En La guerra del fin del mundo, el barón de Caña Brava, ante una esposa enajenada posee a la negra Sebastiana, su esclava, dispensándole un cariño incapaz de ofrendar a su esposa. Lamerá a Sebastiana en su propia alcoba. Por su lado Jurema traiciona a su marido con el periodista, dos veces miope, primero por cegato y segundo porque no había conocido el goce prometido, sino a través de los amores comprados. El cura de Canudos viola el celibato. Ante esta actitud agiganta la figura del Consejero, un practicante ejemplar, debido a que todos sucumben ante el llamado de la carne.

En Quien mató a Palomino Morelo, sube la parada. No recrea el complejo de Edipo. Opta por una posición más aberrante. El Coronel Mindreau seduce a su propia hija como compensación ante la pérdida de su esposa durante el parto de Alicia. El militar, recto, ejemplar, con una hoja de servicio impecable, tiene una concepción sórdida del sexo. Percibe como lo más natural del mundo convertir en amante a su propia hija. Ante la inminencia de su pérdida, enamorada del flaquito de Palomino, él cantaba boleros, (ella cantaba boleros, dice cabrera Infante, en Los tres tristes tigres), embrujantes, seductores, acababa con la vida del aprendiz de mecánico de aviación de una manera brutal: con los huevos machacados, triturados, arrancados.

Lituma en los Andes en una continuidad de Palomino Morelo. Los amores de Tomasito Carreño con la Mercedes Téllez, son esbozados en esta novela. Tomasito, un policía inocente, conducido a la corrupción por su padrino, (concédele la connotación que tiene esta palabra en la jerga gansteril), lo envían a custodiar a un capo de la droga. Mientras este echa su polvo con la Meche, la mata porque no alcanza a comprender la pequeña dosis de sadismo y masoquismo que envuelve al acto sexual. Se enamora de la puta. Tampoco sabe que Lituma logra descifrar que la Meche tenía un largo historial amoroso: había sido ganada o perdida en juego de dados. La mujer concebida como simple objeto. En La fiesta del Chivo, Cerebrito Cabral, caído en desgracia ante el dictador Trujillo, para recuperar lo perdido, pervertido, pervierte a su hija Urania, entregándola en los brazos enfermizos del dictador dominicano. Impotente, este utiliza sus dedos para destripar enfurecido sus débiles membranas de niña virgen. La cama como ante sala del poder.

La figura de Flora Tristán no desmerece, pese a la manera en que Vargas Llosa fija su relato y traza su trayectoria como militante del socialismo utópico. Su lesbianismo lo asumo con la misma condescendencia con que asumí las confesiones de la Frida Khalo en su Biografía, sobre sus prácticas lésbicas, lo que no mermó mi devoción por esta mujer que desafío y conquistó un sitial en el otro México, (no el mojigato y puritano), a quien aprendí a querer durante mis años de estudiante de comunicación en la Universidad nacional Autónoma. Los amoríos de Flora en El paraíso de la otra esquina, no son menos subyugantes que los de su nieto Paul Gaugin, un concupiscente metido en el infierno de su propia suerte, llagado, drogado, pudiéndose en vida, pero no menos apasionado por las narrativas de las islas de Tahití.

Pantaleón y las visitadoras fue un dulce remanso donde sació su sed. Con una estructura ceñida, haciendo malabares, fabula sobre la más audaz de las creaciones: un cuerpo de putas al servicio del ejército peruano. Los excesos de la tropa, violando mujeres, en vez de merecer castigo, dan paso a la creación de un contingente de hembras al servicio de los miembros de los cuerpos castrenses de mayor trayectoria en América Latina. Si La ciudad y los perros fue interpretado como un golpe inmerecido por los militares, Pantaleón y las visitadoras los sacó de quicio. Pantaleón Pantoja, es decir, Vargas Llosa, estructura, como el más avezado administrador, un contingente dispuesto a aquietar los ánimos y la febrilidad sexual de unos desquiciados. Para enmendar los desafueros, nada mejor que poner a su servicio un tropel de damas, bajo la severa administración de la Chunga, una vez pasada la prueba con el Capitán Pantoja. Así fue como se enamora de la brasileña, a quien saboreó la primera vez por la puerta falsa.

Lituma y Chunga forman parte del mundo literario de Mario Vargas Llosa. Ambos aparecen engendrados en La casa Verde, un burdel donde se practica el sexo más enrevesado, maridos prostituyendo a esposas en insurgen a la vida Los inconquistables, esa horda de cafiches, que viven de sus amantes sin importar las habladurías que siempre habrá. En La historia de Mayta, sufrí el más delicioso engaño. Alejandro Mayta un militante trotskista, se pasa la vida conspirando como miembro de una célula revolucionaria, mientras vive plenamente su condición de marica. Al final Vagas llosa confiesa que Mayta jamás ha sido homosexual. Sin embargo, fue tal la truculencia narrativa, que no alcanzo a delinear un perfil diferente. Una prueba más de la verdad de las mentiras.

El sexo en Vargas Llosa porta una carga explosiva. Es su manera de acercarse a uno de los más dulces placeres. Una forma para mucho escandalosa y desafiante, como debe ser toda manera de acercarse al sexo. El amor es una cosa distinta, más profunda y enternecedora, en donde a veces falta y otras, sobra el ingrediente sexual. 

* Sabático: Guillermo Rothschuh Villanueva


LOBO

Te siento recorrerme
y es cuando me desangras
te alejas sin pedirlo,
te alimentas sin agradecerlo,
y me dejás vacía.

Extraño las tardes del cordero,
cuando te acercabas con cautela,
cuando tu voracidad,
aún no saciada,
me dejaba respirar.

Hoy asechas mi carne,
expuesta a tú voraz
instinto...

Después que comas,
lamerás y roerás los huesos.

No dejes nada,
ni trozos de carne,
ni charcos que salpiquen sangre,
ni astillas de huesos.

Por eso,
todo en vos,

sabe a placer a destiempo.

Tania Jiménez Penha


Surrealismo de Prasetyo






Himawan Dwi PrasetyoIndonesia Institute of the Arts Yogyakarta